No hay mejor manera de conocer Estados Unidos que en coche. El verano pasado, hice las maletas, me subí a mi Subaru Outback y emprendí un viaje por carretera de 4800 kilómetros desde Nueva York hasta California. Fue un viaje caótico, impredecible y absolutamente increíble.
La planificación fue clave. Planifiqué mi ruta (la Ruta 66 la primera mitad, luego la Pacific Coast Highway), reservé campamentos con antelación e hice una lista de paradas imprescindibles: el Gran Cañón, Monument Valley y Big Sur. Pero también dejé espacio para la espontaneidad: una noche, conocí a un lugareño en Nuevo México que me habló de unas aguas termales escondidas, y cambié mis planes de visitarlas. Resultó ser lo mejor del viaje.
El coche se convirtió en mi hogar. Tenía una nevera portátil llena de bocadillos, una manta en el asiento trasero y un diario para documentar cada día. Aprendí a amar los viajes largos: cantar canciones antiguas, ver cómo el paisaje cambiaba de verdes bosques a desiertos rojos y parar en pequeños restaurantes de pueblo para tomar un pastel y un café.
Claro, hubo contratiempos. Se me pinchó una rueda en Arizona y pasé dos horas esperando la grúa. Pero incluso eso resultó positivo: el conductor de la grúa me contó historias de su infancia en la Ruta 66, y terminamos comiendo juntos.
Los viajes por carretera no se tratan de la perfección, sino del viaje. Si estás cansado de aeropuertos y ciudades abarrotadas, llama a un amigo (o viaja solo), carga tu auto y sal a la carretera. Verás rincones del país que desconocías y crearás recuerdos para toda la vida.







